Afuera

Laura Bertolé

La tarde que se llevaron a mamá pedimos que nos trasladaran con ella, pero no lo hicieron. Sellaron la casa, la cubrieron con un plástico opaco y a nosotros nos dejaron adentro.

Somos cinco, Cora es la mayor y yo le sigo en edad. Estamos aislados, con ropa cómoda y objetos familiares. Limpios al punto de que los chicos no tienen nada bajo las uñas y nuestras pieles empiezan a ser traslúcidas.

Afuera el aire no es aire y la tierra solo sirve para la siembra. Ya no hay animales ni bosque ni pájaros. Los que trabajan en el campo usan trajes especiales que los protegen. Nosotros no tenemos.

Cada vez que termina la cosecha y ya todo fue levantado, vienen a vernos. Adhieren el túnel a la puerta de entrada. Remueven la faja que no nos animamos a cruzar. Nos dejan unas bolsas herméticas con alimentos y otros productos. No nos hablan, no nos tocan sin guantes. Apenas miran cuando nos hacen poner en fila para registrar los datos, extraer la sangre y la muestra de piel. Después sellan todo y se van sin decir nada. Pero no importa, aprendimos a reconocer lo que nos pasa en el cuerpo. Y yo me quedo pensando quién se va a morir primero. 

 

 

Cora es rubia, pálida y tiene una hendidura en el mentón. Falta de cierre de la mandíbula inferior, le habían dicho los médicos a mamá. Se pasa todo el tiempo frente a la única ventana que no está tapada, nuestro mínimo lazo con el exterior. Me gusta verla ahí, mirando cómo crecen los cultivos, con la frente apoyada contra el vidrio que se empaña cada tanto con su respiración. Ella limpia la humedad con un pañuelo, me observa por un segundo y su mirada va de nuevo afuera. Pareciera que toda su existencia estuviera concentrada en ese ir y venir de las máquinas. A veces pienso que recuerda demasiado y por eso no me habla, quiere guardarse todo para ella. Es una forma que se ha inventado para que el presente pueda ser más tolerable, como si no supiéramos lo que nos sucede, y tal vez tenga razón.

 

 

Afuera se ven los granos maduros, jugosos. Los aviones pasan cerca rociándolos con un líquido brillante y el campo se vuelve ocre, azul, reluce. Los más chicos juegan con una caja de fotos, las miran como si cada secuencia hubiera sido propia. Parece que el tiempo les pesara distinto. Yo a veces juego con ellos. Pero el juego se termina cuando me preguntan por mamá. Todavía siento el olor de su piel en los últimos días, un olor ácido y algo almendrado. Los ojos siempre abiertos, la respiración irregular. El recuerdo de su cuerpo consumido, tan liviano que hubiera podido evaporarse.

 

  

Por la ventana entra la luz del amanecer. Es el día de la cosecha y el final de este ciclo. Alrededor de nuestra casa el paisaje se modifica tan rápido como el aleteo de un insecto. Miro las manchas en mis brazos, están más claras. Hay una parte en el codo donde la piel ya no está y la carne es seca. Me bajo las mangas de la camisa para que no se noten. Las de Cora empezaron en las piernas y ahora le van subiendo por el cuerpo, hasta el pecho. Pero a ella no le importa.

Afuera las máquinas cortan todo al ras como una navaja. Los granos caen y la tierra va quedando desnuda. Cora se apaga, se vuelve más ausente. Lo que verá mañana será un cuadro sepia sin ningún atractivo. A mamá le gustaba dibujar en días de cosecha. Dibujaba hasta que los lápices se le quedaban sin punta. Cubría las ventanas con imágenes de flores y guirnaldas de papel para no ver el paisaje despojado. Nosotros no lo hacemos, ahora los ciclos son cada vez más cortos y no hay tiempo.

 

 

Abro las bolsas nuevas. Esperaba que esta vez hubiera duraznos. Me gustan los duraznos. Los chicos vienen a ver. Sacamos de a una las latas y paquetes sellados. Separo dos para la cena. Lo demás lo guardamos en un orden perfecto. Cora sigue en su lugar, me acerco. ¿Sabés qué día es hoy?, le pregunto. No contesta. Tres años sin mamá, digo. Ella me observa con esa mirada plana que resta importancia a las cosas, y se da vuelta. Ya no me escucha, absorbe el paisaje árido a través del vidrio, centrada en sí misma y sonríe, como si tuviera un secreto.

 

 

Agarro las latas y voy a la cocina a preparar la cena. Abro una y la vuelco en la olla. Escucho las voces de los chicos que vuelven a mirar las fotos. El agua hierve y acerco la cara para sentir el vapor, cierro los ojos. Afuera los surcos se abren paralelos entre sí. Conozco el paisaje de memoria. El reflejo del atardecer inunda el campo. Las máquinas derraman un líquido verde que la tierra traga sin pausa. Después vendrá la siembra y las plantas empezarán a crecer, siempre iguales, siempre repetidas.

 

 

Vuelvo a la sala a decirles a todos que la comida está lista. Pero no encuentro a Cora. Su lugar en la ventana está vacío. La cortina se mueve como se movía antes, cuando había viento. Veo a los chicos en el suelo, ya no hablan. Miran hacia la entrada, la puerta está abierta, la faja está rota. Un aire denso y artificial nos invade. Les pido que vayan a la cocina y no salgan. Me cuesta respirar, pero igual me acerco para tratar de cerrar la puerta. Entonces la veo alejarse. Afuera Cora camina descalza hacia los cultivos. El cuerpo se le va a deshacer.

Laura Bertolé
(Buenos Aires, 1976)

Escritora y contadora pública. En el año 2010 completó la formación de Escritura Narrativa en Casa de Letras y luego formó parte de varios talleres literarios. Su cuento Sala de espera fue publicado en el cuarto número de la revista La Balandra y fue seleccionado para Audiocuentos de la Nueva Narrativa Argentina en su segunda edición, proyecto en el que también participó como lectora. Ha realizado reseñas de libros y ediciones de textos para distintas entidades. En 2020 publicará su primer libro de cuentos, La belleza ajena, por editorial Indómita Luz.