Afuera había un lobo feroz

por Gigliola Zecchin (Canela)

Gigliola Zecchin (Canela)Freud quedó afuera 

 

Lo primero ha sido difuso. Ya no recuerdo. Estábamos en Córdoba, entramos a una farmacia. Pedí un paquete de Barbijos.

La información venía de sobrinos emigrados a Italia, España. Aquí no llegaría ninguna peste. Era la ventaja de vivir en el final del mundo.

A mediados de marzo en la madrugada, escribo en un cuaderno:  que dijo Sigmund / lo siniestro / ella amasa / manos en la / harina / levadura de la histeria / sal del deseo / todo en silencio / un falo rosado / crepita sobre brasas / aroma de pan / alerta del sentido / hambre que crece / no habla de esto, Freud.

 

Llegó el lobo 

 

Pasaron meses. Miro el cielo gris (de pronto ha llovido mucho y el viento mueve furiosamente un álamo urbano que estiró su copa hasta el sexto).

Tener un árbol así, frente a frente.

En este tiempo han venido a mi balcón un pequeño ejército de hormigas, un picaflor, abejas, sobre todo cuando se abrieron las flores de septiembre, una avispa, un mosquito desvariado que me zumbó al oído a ras de la  almohada y, como visión extraordinaria, una lagartija quedó horas inmóvil prendida a uno de los vidrios del comedor.

 

El lobo aúlla, mete miedo

 

Uso barbijo en los espacios comunes de mi edificio, si bajo a abrir la puerta y no me lo puse. Me tapo la boca con lo que tenga, culpable.

 

Vuelvo al cuaderno.   

17 de marzo escribo: ordenar un poco la casa, el desorden me perturba. 

El 18: cortarme el pelo, no me lo voy a hacer teñir más.

 

A fin de mes en el café fotográfico de Marcelo Gurruchaga. 

 

Por  zoom, escucho:  Hago pocas tomas. No a la contaminación icónica, anoto: ecología de la imagen. 

Me pregunto ¿habrá ecología de la palabra?

El sábado siguiente. cámara en mano el fotógrafo explica:  Respecto al momento y al tempo de espera para la toma exacta… no alcancé a escribir más. 

 

Afuera había un lobo feroz 

 

Pensé:  se acabó el tiempo de espera.

Pongo el título. “Postales sin destino”. 

Y digo: 

 

Vicenza, septiembre 1948.

Tengo muy clara la alegría sollozante de mi madre. Los abuelos de América. Los abuelos de América volvían.  

¡Presto, presto, la nave arriva in pochi giorni!

¡Hay que limpiar todo, pintar , cambiar las cortinas, la mejor habitación para sus padres que ya llegan! Ya                                    llegan! Llegaron…

Casi de noche, yo tenía sueño. 

No sé cómo abrazan los abuelos. ¿Me abrazaron? No sé, tenía sueño, no recuerdo.

Eran casi extranjeros, en ese lugar en el que vivían no se escuchaba la respiración triste y la risa tímida de los nietos lejanos. Habían nacido demasiados, uno detrás del otro: diez conejos.

A la mañana muy temprano escaparon los abuelos a su pueblo, a devorar sus propias raíces. Los conejos se quedaron rumiando su ternura. 

Cuando se dieron cuenta, los padres de mi madre se habían ido de vuelta a Buenos Aires, casi para siempre.

 

Pude, quise escribir. Son relatos breves que guardaba encerrados en recuerdos, conversaciones, leyendas de familia.

 

(Del diccionario, sinónimo de barbijo: herida alargada en la cara)

 

“La mejor herida” puro azar, es el título de mi último libro. Listo para la imprenta. Cuarenta y cuatro poemas resueltos en pandemia. Febrilmente. Freud quedó afuera. Versos espigados entre la producción de los últimos años. Duelos, mudanza, viajes, libros y libros. 

Este encierro me hizo girar sobre mi misma. Como si alguien hubiese tirado del piolín. Rodé y rodé. El eje fue la escritura.

Una palabra, una frase que nace del insomnio, una estampa inesperada en la  memoria. Día tras día cuando el sol se levanta y dice lo suyo en el este, desafiando a las nubes, a la hora en que declina y enrojece el otro perfil de la ciudad que veo en el oeste.

El álamo se mueve y yo muevo las palabras. A veces me obedecen. Escritas, me liberan.