En vela

Leonardo Berneri

 (Cuento ganador del 1° Concurso de Narrativa de Fundación La Balandra)

 

Estás durmiendo y ya te has olvidado de mí, Aquiles.
Ilíada, XXIII

 

Lila se echó atrás en el sillón, apoyó la cabeza contra el borde de madera del respaldar y descruzó las piernas. La otra dijo algún comentario acerca de la hora. Lila cerró los ojos para dormir pero no pudo y se quedó mirando el blanco azulado y vibrante del techo iluminado por el tubo fluorescente. Las luces naranjas de la calle se filtraban por las partes no esmeriladas del vidrio de la puerta doble, a sus espaldas, pero no llegaban hasta ellas. La otra, contagiada por el movimiento, se recostó hacia un lado y apoyó sus piernas estiradas sobre la pierna derecha de Lila. Bostezó.

Todavía llegaba el murmullo de los que quedaban afuera, fumando y soportando el frío. Era pleno invierno y, en la oscuridad, las luces del motel que estaba enfrente, al otro lado de la avenida y de la vía, se abrían paso, resplandecían entre el rocío, e impedían ver, más atrás, la silueta de la fábrica que se extendía hasta el río. Solo una llama que se asomaba por lo que sería la más alta de las chimeneas competía con el verde y el violeta del neón. Con la madrugada vendría más gente, los que se habían ido y los que todavía no habían podido venir o se habían enterado tarde. Lila pensó ir hasta el auto a buscar una campera, pero no quería desaprovechar el momento que tenían, por fin, a solas.

—¿Cuándo fue que nos dimos cuenta? —dijo, la vista todavía fija en el techo.

La otra hizo algún sonido interrogativo con la boca, volviendo del sueño. Como Lila no hablaba, se incorporó y se quedó esperando. Lila tenía los labios abiertos por la posición de la cabeza, que apuntaba hacia arriba, y los movía apenas. La otra le conocía el gesto y la empujó una o dos veces con la rodilla para hacerla hablar.

—¿No fue con la casa rodante? —dijo Lila, finalmente, ahora girando la cabeza hacia la derecha, mostrando los ojos cansados, las ojeras.

—¿Qué?

—¿No fue con la casa rodante que nos dimos cuenta? En el medio del patio. Hacíamos que vivíamos ahí, nos escondíamos. ¿De dónde íbamos a sacar una casa rodante? Para mí fue ahí que nos dimos cuenta.

—Vos tenías tres años, qué te vas a dar cuenta.

—¿Y vos?

—No. Yo tampoco —dijo la otra y levantó unos centímetros la cola, arqueándose sin abandonar la posición para dejar lugar a la mano, y sacó un paquete aplastado de cigarrillos—. ¿Se podrá fumar acá adentro? No creo que él nos diga nada.

—Dame uno. —Lila extendió la mano derecha hacia la otra con los dedos en v vueltos hacia abajo apenas abiertos; seguía echada en el sillón, la vista divagando por el blanco tembloroso del cielo raso—. ¡Por papá! —dijo, como si se tratara de un brindis.

—Por nosotras —dijo la otra.

La sala se espesaba en el humo que Lila y la otra largaban, acompasadas, de sus bocas, y la luz se volvía suave, afelpada, y no hería la vista cansada por las horas en vela. Lila mantenía su pose, estática, en el sillón, solo perturbada por el movimiento del brazo que llevaba el cigarrillo a la boca y volvía a bajar. La otra cabeceó un poco y se durmió con el suyo en la mano, que cayó al suelo después de unos segundos y se consumió solo sobre el mármol beige hasta apagarse.

—Yo digo que ahí nos dimos cuenta porque visto desde ahora suena obvio, ¿no te parece? —dijo Lila. La otra se despertó sobresaltada, con un sacudón. Lila esperó que se ubicara: eran las tres de la mañana, estaban, otra vez, en el Cordón Industrial, en una sala velatoria—. ¿De dónde mierda íbamos a sacar una casa rodante si no teníamos un mango? Después pasó mil veces. Dos, tres hasta cuatro autos, porque más no entraban, en el patio. Pero ahí ya sabíamos, ¿no?

—Se ve que no perdiste la costumbre de despertarme por cualquier pelotudez. Nos dimos cuenta cuando se lo llevaron, Lila. Mucho después de la casa rodante. Después. Nos habíamos acostumbrado a ver todo eso.

—La plata, los autos…

—No, plata no veíamos, si se la quedaba toda este —dijo la otra e hizo un gesto con el mentón hacia delante que Lila no vio porque seguía con la vista perdida en el resplandor inestable con el que el fluorescente bañaba al techo y a ellas debajo de él.

—No me acuerdo de ese día —dijo Lila después de un rato de silencio.

La otra ya estaba otra vez con los ojos cerrados y comentó algo acerca del frío, después se paró y caminó en dirección al baño, que estaba tras una pequeña sala de estar a la izquierda de ellas. Lila esperó a sentir el ruido del interruptor de la luz y luego del picaporte de la puerta y salió de su posición oblicua. Se quedó sentada en el borde del sillón unos segundos, después apoyó las manos en los costados y se impulsó para pararse. Caminó los dos o tres metros que la separaban del cajón. Se las había arreglado para no verlo todavía. Pensaba que sentiría rabia cuando lo hiciera o que no lo soportaría, pero cuando se acercó se sorprendió mirándolo con tranquilidad. Alguna vez había podido verlo así y no parecía difícil ahora que lo tenía, sereno y blanco, delante de ella.

La otra se acercó desde atrás sin hacer ruido y le sacó a Lila una hebilla que le sostenía unos mechones de pelo por arriba. El pelo cayó sobre la cara de Lila, lacio, liviano, indócil y le cosquilleó los ojos y los cachetes. Lila dio un soplido y se los corrió con la mano. Se quedaron paradas como quien mira desde un puente o desde una barranca un río.

—No me acuerdo de ese día —volvió a decir Lila.

—No te acordás porque estabas durmiendo. No quisiste salir hasta que pasó todo. Él te fue a saludar y te quedaste escondida abajo de las frazadas.

—¿Cómo fue?

—Ya lo hablamos mil veces, Lila.

En ese momento alguien abría la puerta y dejaba pasar el viento frío, húmedo, casi mojado, el olor a la fábrica y las luces que, sin el esmerilado de la puerta interrumpiendo su haz, penetraban en la sala y dejaban ver desde el lugar en el que estaban ellas, si se giraban, la avenida, el motel más atrás de la vía, y, arriba, ya lejos y diminuta, la punta de la chimenea llameante, todo entrecortado por los autos que pasaban, dispersos a esa hora, lentos, de norte a sur y de sur a norte por la avenida. Se escuchó un saludo de despedida y la puerta que se cerró. El frío ya se había instalado en la sala y el humo de los cigarrillos que la envolvía y la difuminaba al gris se había disipado en parte.

—Fue todo más tranquilo que lo que te imaginás —dijo la otra, resoplando—. Hasta le dieron tiempo para despedirse de las tres. Ahí fue cuando te fue a saludar y te hiciste la dormida. Cuando salieron con mamá nos quedamos mirando por la ventana. Se veía todo azul por las luces de los coches. Las casas de los vecinos. Todo de azul. Me acuerdo perfecto. Mamá dijo “qué vergüenza”, pero igual nos quedamos mirando hasta que se fueron.

—Tres años esa vez.

—Sí, tres años la primera.

—De las otras ya me acuerdo mejor. “Papá va a faltar un tiempo”, decía mamá, y ya sabíamos qué significaba.

—¡Que se había ido a cosechar frutillas, como dijo la tía!

Se rieron. Sobre la de Lila, la risa de la otra sobresalía, levemente rasposa, producto no de los años sino de los cigarrillos, una risa que todavía podía ser sensual, pero que ya la alarmaba: leves promesas de dejar de fumar, chicles, parches. Desde afuera ya no llegaba ningún sonido, ni la charla apagada de los que aguantaban, estoicos e inútiles, en la vereda, ni el pasar de los autos por la avenida. La fábrica, con su rugido monótono y eterno, ofrecía un colchón imperceptible que se confundía con el silencio. Si en ese momento hubieran parado, de golpe, sus motores, otro silencio, profundo, arcano, ancestral, se habría alzado como un abismo. Pero el mugido lento, metálico y oleaginoso de la fábrica era, a fines prácticos, dentro de la sala velatoria, sin faltar a la verdad, el silencio. Lila y la otra volvieron a sentarse en el sillón, de costado, con una pierna doblada debajo de la otra y enfrentadas como en un espejo.

—Creo que ya se fueron todos —dijo la otra.

Lila jugaba con el último botón de su camisa. Lo desabrochaba y lo volvía a pasar por el ojal.

—Nos veo haciendo fila para visitarlo. Yo me moría de felicidad al principio.

—No me hagas pensar en eso.

—Y cuando volvía era para peor. Me acuerdo de las reuniones eternas en la mesa.

—¡Ja! Empezaba diciendo que iba a parar. —Mientras hablaba, la otra sonreía con la boca hacia un lado y sacaba otro cigarrillo del paquete—. Y terminaba gritando que lo hacía por nosotras.

—Pobre mamá.

—Pobre las pelotas.

—¿No te lo imaginás a veces? —dijo Lila y con la mano vuelta hacia abajo, abriendo los dedos índice y medio apenas, rozó los dedos de la mano de la otra, que descansaba sobre la rodilla. La otra sacó otro cigarrillo del paquete y lo puso, vertical, entre los dedos de Lila, que, después de encenderlo, siguió hablando—. Era lindo papá cuando era joven. Me parece verlo en el medio de la noche, flaquito como era, como se lo ve en las fotos, con esos rulos, andando por la noche, solo, eligiendo un auto que le gustara, abriéndolo, rápido pero sin hacer ruido, la adrenalina que le sube por el cuerpo, apurándose para hacerlo arrancar o, ¿no te lo imaginás?, corriendo desesperado de la cana, metiéndose en cualquier casa para esconderse, cagándose de risa porque zafó y porque sabe que, si quiere, puede hacer cualquier cosa, lo que se le antoje.

—¿Qué te pensás, Lila? ¿Que era un héroe? Lloré un día entero cuando cayó la última vez —dijo la otra—. Ya no vivía con nosotras. Todos nos decían que había parado, él también y le volvimos a creer. Ese día me llama Belén, no sé si te conté esto. Yo estaba estudiando y suena el teléfono. Era Belén. Raro, porque no llamaba. Me pregunta si estoy viendo la tele, le digo que estoy estudiando y me dice que no es nada y corta. A la noche cuando volví a casa, y vi que estaban todos, la tía, los abuelos, me di cuenta, sin que me dijeran.

—Esa noche no paraste de llorar.

—Belén nunca me dijo nada al respecto. Yo se lo agradecí, también sin decírselo.

—Al otro día no fui a la escuela, me quedé en la pieza encerrada con vos. Me acuerdo de que era uno de esos días en que la fábrica largaba esa mugre blanca que solía largar, ese polvillo que cuando éramos chicas decíamos que era nieve, pero que era más bien como ceniza. Por la ventana se veía la ceniza que caía y lo ensuciaba todo, las hojas de los árboles, el suelo, la ropa colgada.

—Ya no larga más, creo.

—No, ya no.

La puerta se abrió, las dos miraron para atrás pero fue la otra la que se paró a recibir a los que llegaban. Todavía no salía el sol, pero ya el negro del cielo había trasmutado a un azul oscuro que dejaba ver, a pesar del neón todavía encendido y de las luces anaranjadas de la avenida, los bordes de la silueta de la fábrica abanderados por la chimenea que acababa en una pequeña llama humeante. Lila se giró, volvió a recostarse en el sillón, echó la cabeza hacia atrás y se dejó adormecer por las voces de la conversación a sus espaldas y el temblor fluorescente de la luz que atravesaba el techo sobre ella.

Leonardo Bernieri

Leonardo Berneri
(San Lorenzo, Santa Fe, 1991)

Narrador argentino, bibliotecario y docente de lengua y literatura. Para su tesis de maestría estudió la ficcionalización de la lectura en las novelas de Manuel Puig y actualmente se encuentra escribiendo su tesis de doctorado acerca de la obra de Elvio E. Gandolfo. Intenta escribir cuando el trabajo, el estudio y la voluntad se lo permiten. En 2020 fue reconocido con el Primer Premio del 1° Concurso de Narrativa de Fundación La Balandra por su cuento “En vela”.